Pícara en cuarentena, por Helena T. Maestre

Pícara en cuarentena, por Helena T. Maestre

Sepa Vuestra Merced que nací en la provincia de Huesca, apenas dos años antes de la heroica gesta por la que el ser humano alcanzó la superficie de la divina Selene.

Trajéronme mis padres a vivir a la capital del Reino a los pocos meses, pero a pesar de criarme como cualquier otra zagala de índole tan urbana en el barrio de los Carabancheles, mi relación con el terruño de mis altas montañas me hizo para siempre trepadora, paseante de cumbres y de bosques, y amiga de los soliloquios entre el rugiente fluir de los arroyos. Poco mesetaria por estirpe, fui, sin embargo, capitalina por aplicación al conocimiento de sus rincones y callejas y por el constante deambular por los históricos barrios que los periféricos llamábamos “el centro”. No negaré, ni me desdigo, las frecuentes algaradas, bocata de calamares en ristre, con las que terminábamos tradicionalmente los cursos todas las compañeras, ni las tardes de mesón, sangría y jaleo con las que rematábamos las evaluaciones. Que para todo hay tiempo, amén de estudiar, si una se organiza y consigue apañarse “a Dios rogando y con el mazo dando”.

Si le refiero todo esto es tan solo para que Vuestra Merced entienda cuán duro puede ser este encierro para mi inquieto temperamento pues, aunque refrenada para el trabajo, siempre fui revoltosa y ajetreada para el ocio, como mi castiza juventud preconizaba.

¿Ha de sorprender entonces a propios y extraños la insumisa respuesta que he mostrado? De no hacerlo hubiera, Señoría, terminado mis días dando con mis huesos en alguna loquería o cotolengo, pues la perturbación en que me hallo no ha cesado, a pesar de mis esfuerzos.

Vínome primero la idea del aerobic y, con presteza, atiborré mis mañanas de fullbody, tonificación, zumba, kick boxing y cualquier otra disciplina semejante que me viniera a mientes, no sin ponerme en guardia contra jumpingjacks, burpees y otros movimientos de esa calaña e impacto que tanto mal le han dado a mis maltrechas rodillas. Pero con la llegada de las acostumbradas lluvias primaverales de este abril de aguas mil, resintiéronse mis reumáticas articulaciones. Como quiera que el cambio de hora contribuyó también a alterar mis ya desordenados horarios, alargué después mis nocturnales veladas de lectura y chocolate, con el consabido retraso de mis despertares mañaneros, dilatados por las literarias trasnochadas. Y no paró aquí el dislate: otrosí que las vacaciones escolares me desbarajustaron las rutinas y me hicieron gran escabechina, pues se suspendieron las clases (las mías y las de mis hijos) que constituían el sustento de nuestra organización diaria.

Por no alargar las tribulaciones de Vuestra Merced, abreviaré que menudearon los intercambios de prendas y fluidos y otras disolutas prácticas con mi cónyuge, también abandonado a la molicie y los gintonics. Y como dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición, recaí en darme al Candy Crush sin salir de la cama, excepto para honrar las Pascuas haciendo torrijas –que, aunque me avergüence la inmodestia, me quedan de pecado- y degustar otros manjares que tanto mi amado esposo como mis hijos se han entretenido en aderezar durante esta cuarentena: bizcochos de plátanos y nueces, pizzas y quiches de pasta casera, lasañas artesanas, canelones de bechamel cumplida y, Dios me perdone, suculentos cocidos, que nunca agradó mucho en mi casa el potaje de cuaresma.

Suplico pues a Su Señoría que añada a todo lo expuesto la consideración de que habito, junto con tres más de familia, en un piso bajo de ventanas enrejadas, lo que no favorece, ay de mí, ni una mísera charleta de vecinas durante el aplauso prescriptivo de las ocho, cosa que aligera bastante la continencia de, verbigracia, la maruja del tercero izquierda.

Pongo por tanto en sus manos la delicada decisión de cuantificar mi, espero, moderada multa. Porque si esto dura mucho, como, a mi humilde entender, parece, habré de pagar unas cuantas que han de mosquear con largueza a mi adorado marido. Y como le dé por obsequiarme con un solo grito más, le doy un guantazo que lo espabilo. Buscándome la ruina consiguiente.

Atentamente suya y cautiva:
Una vecina multada en Valdebernardo.

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