La mensajera, por A. D. G. Bufi

La mensajera, por A. D. G. Bufi

Ales se revolvía en el lecho, presa de un sueño vívido. Se veía a sí mismo en la gruta que en su niñez lo había acogido en numerosas ocasiones, remendando con su calma sus heridas, apaciguando sus ansiedades. El riachuelo seguía estando allí, arrullando con su incesante trasiego, resonando en las paredes de roca granítica como una señal acústica que anticipara algo hermoso.

La sensación de paz que siempre le acompañaba llegó casi al instante. Atrás quedó una primera parte del sueño donde solo había oscuridad y muerte, con seguridad fruto de los terribles acontecimientos que le estaban tocando vivir, gentes confinadas en sus casas, seres queridos que se van para nunca volver, una pandemia mundial que azotaba con crueldad los países, que, sin tiempo de reacción, habían sucumbido a lo desconocido.

Se preguntaba qué hacía allí. No podía ser casualidad. Había sentido una llamada, como si algo o alguien tirara de él con fuerza, incluso con desesperación.

Siguió avanzando por la gruta entre paredes verticales cortadas a machete, profundizando hacia las entrañas de la tierra, adentrándose mucho más de lo que nunca se había atrevido a hacer, por miedo, por respeto a la montaña, por no profanar con su presencia los lugares sagrados de los que hablaban las leyendas de sus antepasados.

Entonces fue cuando la vio, una mujer de mirada triste y exuberante belleza envuelta en un halo luminoso.

―¿Qué hago aquí?, ¿quién eres tú? ―dijo Ales sorprendido de ver a la mujer.

―Debes llevar un mensaje a los humanos. Diles que estoy muy triste por tener que elegir entre mis hijos. Todos ellos han respetado siempre mis reglas, menos vosotros. Matáis de forma indiscriminada, acabáis con la vida por codicia. No he tenido más remedio que daros un escarmiento. Debes decir a los humanos que la próxima vez no seré tan benevolente. Si no aprendéis la lección, sintiéndolo mucho, debéis extinguiros ―dijo la mujer con infinito pesar, mientras una lágrima recorría su mejilla.

―¿Quién eres? ―volvió a preguntar Ales.

―La imagen de un alma herida. Aquella a la que algunos de vosotros llamáis Madre.


 

Antonio Domínguez González es autor de Tastarabás o Las Crónicas de Elaurin «La Isla del Durmiente», primer libro de su saga de fantasía y aventuras, de próxima publicación. 

Más información en https://www.verkami.com/projects/24888-tastarabas-o-las-cronicas-de-elaurin-la-isla-del-durmiente

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