Esperanza, por Juan Municio

Esperanza, por Juan Municio

Su madre le explicó cómo generaciones de miseria volvieron cotidiana la desdicha de los pueblos del sur, resignados al deseo de unos dioses indolentes ante el hambre, la enfermedad y la pobreza, causadas por el expolio y las guerras desatadas por la codicia insaciable de los pueblos del norte, que saqueaban sus tierras, sus mares, sus bosques y sus cuerpos, amparados por una legalidad a medida, asimétrica y perversa, mientras se repetía el ciclo de la vida, brutalmente devaluada, como si de una condena maldita e infinita se tratara.

Aquella ignominia no era un secreto, pero sus beneficiarios vivían esquivando los ecos de la angustia del sur, tan pendientes de no perder el norte terrenal, que hacía tiempo que habían dejado por el camino el norte racional, más por desdén que por desconocimiento.

Con la llegada del nuevo año, la madre, enferma, falleció. El niño deseó que, por una vez el norte sufriese el mismo mal que ellos, con la esperanza de que el azote les hiciera abandonar su indiferencia. Lo deseó con amargura, con rabia, en absoluta orfandad, con los puños cerrados, muy apretados, y después de romper a llorar, recapacitó.

– Ojalá les pase… pero a los niños no.

Doce noches en el 12 O, Eduardo Fernández Jurado

18/04/2020

Día a día, por Julio Moreno

18/04/2020