El coronavirus y los hombres grises, por Rafael González Millán

El coronavirus y los hombres grises, por Rafael González Millán

Durante los pasados días de confinamiento en casa por culpa del maldito coronavirus, he tenido la oportunidad de pensar y reflexionar sobre el tipo de sociedad que hemos construido entre todos, y sobre cuáles son las amenazas y debilidades, pero también sobre nuestras fortalezas. Como acabo de salir con Sandra a un ventanal de nuestro hogar para aplaudir, quiero reconocer en primer lugar el impagable trabajo que una legión de héroes está desarrollando para cuidar de nuestra salud y de nuestra seguridad. Pero también hay muchos millones de héroes que desde las casas estamos contribuyendo a vencer a un ejército invisible e implacable con los más débiles, y estoy seguro de que venceremos.

Vienen a mi memoria los “hombres grises” de la novela Momo, escrita por Michael Ende. Eran unos siniestros personajes cuya misión consistía en robar el tiempo a la gente. Así, los ciudadanos de ese mundo imaginario se iban agobiando más y más porque se les escapaba la vida sin poder retener ni un solo segundo entre sus manos. Aunque hace muchos años que se escribió esta obra literaria, estoy seguro de que todos pensaréis en que nos ha tocado vivir en un tipo de sociedad en que la falta de tiempo es nuestra mayor queja.

Lo malo es que también es el argumento para excusarnos y justificar que no hemos hecho esto o lo otro, porque se nos ha ido el día y no nos ha quedado margen. Ya no encontramos el hueco para jugar con nuestros hijos, para pasear o hablar con la pareja o para acompañar a los abuelos o a las personas que se han visto confinadas a una soledad forzosa, por razón de enfermedad o cualquier otra circunstancia.

Pues bien, he pensado que el ejército invisible de coronavirus no es otra cosa que el ejército de “hombres grises”, que han vuelto porque no quedaron contentos de dejarnos sin tiempo para nada. Ahora quieren robarnos la calle, los lugares comunes. Nos hemos replegado a nuestras casas porque no sabemos por dónde atacar, y si no nos encerráramos, nos convertiríamos en un blanco fácil para ellos. Desde nuestros castillos o fortalezas, nos defenderemos como los antiguos héroes hasta que encontremos la forma de vencerlos.

Lo que no saben esos asesinos invisibles es que cada día nos hacemos más fuertes dentro de nuestros hogares. Hemos vuelto la vista hacia las personas que más queremos. Ahora compartimos más tiempo con nuestras parejas, con nuestros hijos o con los padres o madres que convivan con nosotros. Ahora no hay excusas para no dar un beso de amor o cariño, para no darnos un abrazo, para no hablar de las cosas que nos preocupan, para no jugar con nuestros hijos… Llevábamos demasiado tiempo poniendo más y más distancia entre todos nosotros, en una sociedad que se iba deshumanizando para dejar todo el espacio al individualismo y al egoísmo. Ha tenido que volver el ejército de “hombres grises”, a través del coronavirus, para confinarnos en casa y darnos cuenta de que nuestro mayor tesoro lo tenemos a nuestro lado, sin necesidad de buscarlo fuera.

Por otra parte, esta situación insólita nos da la oportunidad de volver a unas tareas que antes nos hacían felices. Habíamos perdido el verdadero goce de coger un libro y sentarnos a leerlo con tranquilidad, y así viajar a mundos lejanos y maravillosos, o al interior de las personas para conmovernos. También quedó lejos en nuestra memoria el placer de escuchar música, dejando que las notas remuevan hasta la última célula de tu ser, hasta llegar a erizar tu piel. Tampoco quiero olvidarme de lo divertido que es ver una película en familia, comentando las escenas, llorando o riendo juntos con los personajes. Ahora hemos vuelto a descubrir la enorme cantidad de actividades que podemos hacer en casa y que, lejos de ser anticuadas o engorrosas, nos acercan los unos a los otros y nos hace sentir felices por la cercanía perdida con las personas. Además, gracias a las nuevas tecnologías, esa cercanía también la podemos aplicar a nuestros amigos o familiares que no los tenemos en casa, y aquí tampoco debemos desaprovechar cualquier oportunidad para decirles que pensamos en ellos, que los tenemos muy cerca y que los necesitamos para que la felicidad sea completa.

Sí, todas esas actividades y medios a nuestro alcance, nos harán inmunes ante el ejército invisible que tanto nos está acosando en estos días. Esos soldados mortíferos nos han acorralado, pero nos ha unido con más fuerza, y su ataque se volverá en su contra hasta aniquilarlos.

Si estoy escribiendo estas letras es porque un gran maestro mío de la escritura dijo sobre mí que “las palabras tienen la enorme capacidad de crear mundos”. Estoy totalmente de acuerdo con el comentario. Las palabras que utilizamos estos días para animar a quienes más lo necesitan, para reconocer el trabajo de quienes cuidan de nosotros, para compartir todo lo que nos une con tanta y tanta gente, están creando un nuevo mundo o sociedad, donde la persona volverá a ser el centro de toda idea o acción, donde la solidaridad y la cercanía sean los principios de una vida más humana, en definitiva.

Pero si hay un arma con el que venceremos con claridad al ejército invisible, esa es el amor en su sentido más amplio y contundente a la vez. El amor es un arma que está cargada de bonitas palabras y acciones, y es el motor de un nuevo mundo más limpio de egoísmos. Hace unos días, vi una película en la que dos personas se enamoran, pero no pueden acercarse la una a la otra a menos de dos metros, tenían una enfermedad grave y la cercanía podía infectarles hasta causar la muerte. Él quería renunciar al amor por salvarla a ella, ella era más valiente y no quería renunciar al amor. ¿Qué creéis que hicieron? Os resulta cercana esta historia, ¿verdad? El ejército invisible de coronavirus es lo que ha conseguido: que vivamos separados los unos de los otros para no contagiarnos o infectarnos.

Os voy a desvelar el final de la historia. Fue la chica quien decidió apostar por el amor y convenció a su amante para luchar contra la bacteria que podía matarlos. Decidieron acortar la distancia de dos metros, robando a la enfermedad medio metro. Cada vez que se veían, utilizaban un palo de billar de un metro y medio, como primer paso para vencer a la adversidad. Cada uno se ponía en una punta del palo para evitar un riesgo excesivo, pero os puedo decir que nunca antes he visto escenas tan entrañables o sensuales de amor, realizadas con un simple palo de billar.

Si os digo todo esto es porque tenemos muchas cosas a nuestro alcance, sencillas la mayoría de las veces, para utilizarlas con creatividad y tener con ellas unas relaciones entrañables y cercanas con toda la gente que queremos bien, pero que no podemos ver y tocar hasta que no venzamos al enemigo común.

Los “hombres grises” nos dejaron casi sin tiempo, luego fueron poniendo distancia entre nosotros, ahora nos quita las calles, plazas y los lugares de ocio y de trabajo. No permitamos que entren en nuestras casas, vamos a combatirles con el afecto y el amor, para que juntos nos convirtamos en el ejército más poderoso que jamás se haya visto.

Quiero daros las gracias más sinceras, hermanos o hermanas, amigos o amigas, hijos o hijas, padres o madres, en suma, a todos quienes habéis levantado el teléfono para llamar y decirnos que os acordáis de nosotros, que nos queréis y que todo pasará. Quiero daros las gracias por enviar un mensaje de Whatsapp para entretenernos y romper la distancia física. Quiero daros las gracias a quienes más allá de vuestras obligaciones estáis robando metros y minutos a este condenado ejército invisible. Me siento conmovido por tanta valentía y generosidad, y eso me hace mejor persona, nos hace mejores personas a todos, por eso estoy convencido de que venceremos muy pronto.

Recuperar con amor y entrega el tiempo y el espacio es un objetivo de todos, y nos ha unido a todos. Cuando esto pase, por favor, no olvidad que existe un ejército de “hombres grises” que aprovechará cualquier despiste o retroceso en nuestra sociedad para atacar de nuevo. No le dejemos ni una sola oportunidad más en el futuro.

Mi más sincero agradecimiento y reconocimiento a quienes habéis caído en el campo de batalla para salvarnos a la mayoría, honraremos vuestra memoria.



Rafael González Millán también es autor de El chico pájaro y otros cuentos, cuarenta relatos muy humanos, unidos por la soledad como elemento recurrente, en los que la fantasía se desliza sin esfuerzo hacia la realidad, y que abordan géneros como el costumbrismo, el misterio y el erotismo.

Disponible en 
https://docecalles.com/producto/el-chico-pajaro/

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