Antes morir que perder la vida, por Pedro Díaz Chavero

Antes morir que perder la vida, por Pedro Díaz Chavero

De nada serviría ocultar que con la edad se acerca uno a aquello de lo que más huyó. Así, el impenitente bebedor lucha por ser abstemio, el ladrón desea parecer honrado padre de familia, el que huía de la Iglesia no sale de esta y hasta se hace impetuoso místico, pero, sin duda, llama la atención la búsqueda compulsiva de la soledad que raya el anacoretismo y en muchos de nosotros la misantropía. Suele esto basarse en la percepción, no siempre errónea, de haber dado más de lo que se ha recibido y también en que la mayoría de las personas no merecen consideración alguna pues en el no agradecer basan la magnífica opinión que tienen de sí mismos; consideran que lo recibido es merecido. Todos piensan que todo lo merecen razón por la que todos viven de modo desgraciado.

Este fue el caso de Mariano Ezcurra al que de nada le sirvió la ingente cantidad de dinero que había acumulado robando. Mariano creía haber sido un marido ejemplar, un padre ejemplar, un amante ejemplar y un católico modélico. No en vano unas semanas antes de morir había acudido a su notario de confianza y amigo Álvaro de las Partes y Arriba-Goizueta de Salazar para repartir la cuantiosa herencia que tras su paso por diversos ministerios y organismos había ido acumulando: pisos, mansiones, garajes, amarres, locales y hasta dos caballos repartió entre todos ellos. Nombró albacea a su amigo y abogado Manel con el que había compartido negocios, secretos y amantes antes de retirarse al castillo que con astuta anticipación había comprado para retirarse de este mundo y disfrutar en soledad de sus inmensas riquezas. Pero la suerte no estaba escrita para él pues tuvo la desgracia de encontrarse en Gitega ciudad en la que recaló para deshacerse de sus plantaciones de café y de la que no pudo escapar debido al cierre de fronteras a causa de una mortífera pandemia. Ni la amistad con el presidente, ni sus contactos internacionales ni la mediación del arzobispo al que había obsequiado con millonarias dádivas para construir iglesias, escuelas y hospitales le libraron de un entierro solitario y anónimo.

Mariano, antes de expirar, recordó aquella frase que de niño oía a su abuela al paso de algunos de entierros:

— Mira niño, nadie le acompaña en su entierro de mala persona que fue.

 



Pedro Díaz Chavero
, personaje polifacético donde los haya, es escritor y director editorial de la colección Lettere de la Editorial Compbee, así como fundador y director de la revista literaria Telaraña. Fue presidente y fundador de la Asociación para la Difusión del Español y la Cultura Hispánica (ADES) y fundó la primera empresa franquiciadora de centros de enseñanza de español como lengua extranjera, Alianza Hispana de la Lengua (AHLE), creadora de un método especifico de enseñanza y del método para la certificación de los centros asociados del Instituto Cervantes. En la actualidad, está inmerso en la escritura de una novela que complemente y termine la última publicada de su pluma Habitación 226, novela de carácter biográfico que relata los oscuros años sesenta de la España franquista.

Más información en https://lettere.es/autores/pedro-chavero/

Un trabajo más, por Manuel Enríquez 

15/04/2020

La mensajera, por A. D. G. Bufi

15/04/2020